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Tomado del Libro: “Los Prodigios del QIGONG”.

Editado en 1989 por: Mandala Ediciones S.A. (Madrid, España).

Compilado por China Sports Magazine (Beijing, China).

 

UN HOMBRE REALMENTE DIFERENTE

Por Hu Bin

Profesor en la Escuela de Medicina Tradicional China de Beijing.

Tengo 70 años. A los 51 empecé a padecer varias enfermedades

crónicas – neurastenia, hipertensión, arteriosclerosis cerebral, enfermedad

coronaria y hepatobazomegalia (agrandamiento simultáneo del hígado y el

bazo). Me trataban con medicina oriental y china, pero en vano. Me quedé

demasiado débil para realizar mi trabajo.

Era cuestión de vencer esas enfermedades o de dejarme vencer

por ellas. Se me ocurrió que tal vez había realizado demasiado trabajo

mental y demasiado poco ejercicio físico durante años, lo cual habría

motivado los trastornos funcionales de mis sistemas nerviosos central y

autónomo, y que debería intentar reajustarlos mediante el Qigong (Ch´i

Kung) y otros ejercicios junto con la medicación. De modo que me

planifiqué un régimen que consistía en tres fases de tratamiento, de tres

meses de duración cada una.

En la primera fase, la medicación era lo principal, y el Qigong era

secundario. Tomé varios tipos de medicinas, en primer lugar para detener

la angina de pecho, y luego progresivamente para estimular las funciones

del corazón y del cerebro y para reducir mi nivel de colesterol.

Al mismo tiempo, empecé a realizar ejercicios de Qigong cuatro

veces al día. A finales del tercer mes, me encontraba mejor física y

mentalmente. Los síntomas como mareos, dolor de cabeza, falta de aliento,

palpitaciones y dolor de pecho, se habían aliviado mucho. Mi presión

arterial era casi normal. La angina de pecho había remitido. El insomnio

se había vuelto menos problemático. Cuando no podía dormir, me sentaba

y practicaba Qigong en la cama.

En la segunda etapa, los ejercicios de Qigong pasaron a ser lo

principal y la medicación secundaria. El resultado fue que además de

desaparecer los síntomas citados más arriba, cesaron el estreñimiento y los

espasmos del recto. Con el tiempo, el insomnio y la hipertensión, que me

habían atormentado durante diez años, quedaron bajo control sin tomar

píldoras. La hemihiperhidrosis (sudor excesivo localizado) y el

entumecimiento del cuerpo y las extremidades me ocurrían rara vez,

excepto cuando estaba agotado.

En la tercera fase, puse el acento en el entrenamiento físico para

consolidar los efectos benéficos que ya había conseguido. Tenía mejor

apetito, estaba ganando peso y fuerza. Después de cada sesión de

ejercicios Qigong me sentía de buen humor –energético, alegre, relajado y

cómodo. Ya estaba en condiciones de trabajar a tiempo parcial.

En los 19 años siguientes, mi enfermedad coronaria y la

arteriosclerosis cerebral se mantuvieron a raya, y la neurastenia,

hipertensión y hepatobazomegalia mejoraron radicalmente. El secreto

estriba en la práctica perseverante del Qigong y otros ejercicios, que

ayudan a movil8izar la energía potencial del cuerpo humano y mejoran su

capacidad de resistencia y curación de enfermedades.

Los antiguos higienistas chinos mantenían que el cuerpo humano

estaba formado por tres esencias, a saber “Yi” (mente), “Qi” (energía) y

“Jing” (hormonas), y que se vive muchos años con buena salud si se

preservan estas esencias, pero se muere joven si se derrochan. Los

ejercicios Qigong están destinados precisamente a preservar dichas

esencias.

Mediante la ejercitación del “Yi” se regula el estado mental y se

goza de un estado de tranquilidad.

Con la ejercitación del Qi se expande la capacidad vital y se

favorece la circulación sanguínea. Mediante la ejercitación del “Jing” se

regula el equilibrio interno del cuerpo y se consigue vitalidad física.

Actualmente, a mis 70 años, tengo buena memoria, un corazón

fuerte, un cuerpo sano y una tez sonrosada, que, de no ser por mi pelo gris,

desmentiría bien mi edad. En realidad, soy un hombre muy diferente de lo

que era hace 19 años – gracias a los efectos vivificantes del Qigong.